Qué gran música compusieron Simon and Garfunkel con Los
sonidos del silencio. Elegante, intimista. Y que lejos está del silencio, lo
que en las fiestas populares se entiende por actuación musical, o sea, la
verbena de toda la vida. En esta semana se han celebrado las fiestas de mi
barrio. Espectáculos para todas las edades a lo largo del día y como gran
broche final la verbena nocturna. Ah!, eso sí, primero una serie de explosiones
atronadoras de cohetes. Me imagino al encargado de la compra pidiéndole
al vendedor las bombas con mayor sonido, siguiendo la máxima de burro grande
ande o no ande. Creo que hasta han salido grietas en las paredes de la terraza,
así que os lo podéis imaginar.
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Apocalipsis sónico verbenero |
Pero a lo que íbamos. Con las actuaciones musicales de las
verbenas siempre me han surgido las mismas preguntas: ¿Por qué tienen esa cantidad
de vatios de sonido? ¿Por qué meten tanto ruido? Si uno acude a cualquiera de
las que se celebran por cualquier pueblo de cualquier provincia, se dará cuenta
de que el sonido es, normalmente, inversamente proporcional a la cantidad de
vecinos que van a verla. Hay veces que el número de miembros de la orquesta casi
iguala a de espectadores que los van a ver. Y cuando es en un pueblo casi
iguala a la población del mismo. Son como ejércitos del trueno dispuestos a
hacerte sangrar los oídos con su calidad musical. Es espantoso comprobar cómo,
aunque estés en la otra punta de la ciudad, se oye de forma nítida la letra y
la música que producen, y empiezas a sospechar lo que te espera al llegar a
casa. Incluso he visto en algún caso como en una plaza pequeña de un pueblo
pequeño, habían puesto dos orquestas enfrentadas en los extremos de la plaza y
cuando acababa una empezaba la otra. Bocadillo sónico para mayor gloria de los
otorrinos.
Como manchas de aceite, se expanden rápidamente, cubriendo
con su neblina musical todo un barrio e incluso la ciudad entera puede quedar
enterrada bajo su mesiánica labor. Es como si a tu casa viene tele pollo, sin
haberlo llamado, para ofrecerte una oferta dos por uno y te la tienes que
quedar si o si, aunque no tengas hambre.
Y ni tan siquiera el sonido es bueno. Normalmente éste va
acompañado de chasquidos, frituras, subidas y bajadas de intensidad que hacen
insufrible su audición. Es como si todas las orquestas contrataran al técnico
más inútil para tal menester. Da la
impresión de que para intentar disimular todas estas deficiencias, se sube el
sonido hasta límites extremos y así consiguen la impresión de que son bandas
con caché. Y con caché, no sé, pero “banda” sí que son la mayoría.
Porque alguien puede pensar que estoy exagerando, pero
meterse en la cabeza el Viva España, Paquito chocolatero, La barbacoa y demás
éxitos del mundo pachanguero a ese nivel sónico, hace que las neuronas sigan
vibrando, aún cuando la verbena haya acabado, y encima el cerebro, como
represalia por hacerle oír semejantes asesinatos musicales en primer grado,
visualiza en tu mente a los personajes que las cantan y acabas pasando, lo que
se llama, una noche toledana. Como si fuéramos hijos de la tortura nos
levantamos como autómatas y tatareamos el porompompero pero o mi carro, en
claro triunfo de la maldad musical más absoluta. Y encima, cuando llegas al trabajo con unas
ojeras que te llegan a los pies, todavía hay alguno que hace chistes con lo
bien que te lo debes haber pasado la noche anterior. Y ahí ya te dan ganas de
asesinar tu mismo.
Además, hay otra cosa. Las verbenas nunca tienen hora de
cierre. Es como si se retroalimentaran y a cada mayor desvarío musical y mayor
carga etílica de los espectadores siguen y siguen con la promesa, siempre
incumplida de “esta es la última que ya es muy tarde”. ¡¡¡Cacho perros, son las
cuatro y media de la mañana, es día de diario y hay que ir a trabajar. Tarde
era ya hace dos horas, que llevas dando la turra desde las doce de la noche!!!
Pero, amigos del misterio, tratar de explicarse todo esto
es como lavarle la cabeza a un burro: se pierde agua, tiempo y jabón.