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jueves, 19 de julio de 2018

DE DONDE SURGE EL INFIERNO

           No son tan pocos como parecen y enfrentan al sol que los alumbra y seca sus placentas del infierno criminal que los engendra. Unos, pocos, elevan el brazo insultante de vanagloria fusilera, vacíos de fondo y patanes en forma. Pero…otros, la inmensa mayoría, agachan la cabeza sumisa, enclavan el oído crítico e inmovilizan su voz asustada.

 Su acción queda recortada en la silueta vodevil de la fanfarria, persiguiendo el pasado de las sombras, consiguiendo la nada, justificando con el silencio su agresión a la ética de la historia. Nada parece tener sentido en este estado lamentable de las cosas. No se intuye su fin ni, siquiera, la hoz segara de cuajo tanto brazo erectado, alimentado por la sangre derramada que recorre la canal de tanto cuerpo fusilado y enterrado.

Graznidos recurrentes de cuervas negras anunciando el infortunio advertido profanan el recuerdo proscrito de las víctimas. Soflama granítica de penurias pasadas y peligros futuros que vocifera, como animal emponzoñado, amenazas coercitivas, impulsos criminales y acciones delictivas. La podredumbre, cual carroña seca y amortajada, se recorta tras la sombra de una transgresión consentida y permitida por un poder cautivo en la memoria. Ya tienen, otra vez, sed de sangre y exhiben sus colmillos raídos por los años en señal de su otrora felonía.

Alimañas reprimidas en el redil, siempre frágil, de una democracia cosida con las manos del verdugo y con el hilván ensangrentado de tanto fusilado. Heredad tramposa, estafa y autoengaño que ha desembocado en tanto desencanto. Vuelven a llorar las trece rosas en los arbustos de tanto muro, pared o tapia en donde fueron alineadas y posteriormente ejecutadas. Nadie hace nada para volar por los aires tanta provocación y ofensa. La libertad se encuentra amenazada y las gargantas se secan ante la demostración ilegal de furia y bilis que supura, a risotadas, toda esta jauría de hienas desatadas.

            Larga tristeza nos aguarda si no arrancamos de cuajo la hiel que anida en la guarida que, cuelgamuros, serpentea cual babosa intentando cercenar la libertad que nos cobija de tanto criminal disfrazado de beata. 

jueves, 5 de julio de 2018

AL FINAL DEL CAMINO ESTARÁ EL MAR

          Hemos recorrido multitud de sendas y veredas. Hemos ascendido alcores escrutando el vasto dominio secular de esta tierra abierta y desangrada. Heredad plana, y larga, y ancha, como un lienzo extendido compuesto de cuadrículas humanas vacías, desamparadas. Radiografía en negativo de una prosperidad huida.  

Hambrientos, transitamos sin descanso la vereda que camina cogida de la mano del río acompañante. No son dos sino uno paralelos. No se entiende el uno sin el otro porque no puede haber arterias contrapuestas. Si uno es corriente líquida y sonora, la otra es vía terrenal y silenciosa que lo complementa. Líneas rectas perdidas en el horizonte que parecen no tener fin.

A veces, entre los claros del follaje, se distinguen formas simiescas, metálicas, incongruentes. Castilletes herrumbrosos del imaginario posibilista de lo que pudo ser y no fue. Son el recordatorio de la futilidad de lo natural, de la efímera, pero sutil magnificencia del ecosistema. Camino societario y transversal de la decadencia mercantilista.

El continúo deambular en busca de la esencia substancial de pertenencia, elemento vertebral de cordura más allá de esa globalidad pomposa y circunstancial con la que pretenden embaucarnos, reconducirnos en la quimérica y laberíntica necesidad de ser global.

Pueden que el río y el camino caigan pesadamente en la catarata del fin terrestre y no haya nada más. O puede que sí. Que, al final, lleguemos a considerar como meta cualquier recodo que formen entre los dos y nos abriguen como nos abrigamos nosotros en las noches de invierno.

Que la silenciosa soledad, la quietud del destierro, sean el consecuente efecto del alejamiento consensuado frente a esa sociedad claustrofóbica y toxica malvivida. No existirán atenuantes que nos salven si no nos rebelamos.

Al final, allá donde el camino y el río se juntan, por fin, quebrando su paralela existencia, deben existir la plenitud, la vida, los elementos multidisciplinares que apuntalen la estructura de nuestra existencia más allá de la coerción existencial del entorno atávico y primigenio.

Allí, sentados frente a la inmensidad de lo inabarcable, compilaremos nuestra vida en forma epistolar para los que vengan luego. Aquellos que siguieron el mismo camino que nosotros recorrimos hacia la libertad mental.

         Hacia una emancipación natural que nos despoje de cualquier atadura, cualquier atisbo de melancolía coercitiva. No nos faltará la memoria, pero nunca nos invadirá la tristeza de recordarla. 

jueves, 28 de junio de 2018

LA COMBUSTIÓN HINDÚ DE MARTINO BORBÓN

          Martino Borbón nunca había ejercido con libertad el hecho de desear o no cualquier cosa por nimia que fuera. Nunca pudo elegir desde el supremo albedrío, aquel que concede la independencia para sucumbir de forma irrevocable al ansia más profunda o al rechazo más sublime. Martino Borbón es, perdón, era, un ser sin voluntad propia al albur de un cosmos repleto de ideas, órdenes, de sugerencias entrecruzadas, lo que le suponía estar todo el tiempo en la cuerda floja del yerro, pifia o incorrección. Nunca intuyó esta fatalidad vital, esta carencia en la formación de su carácter e intentar anteponer su individualidad, y las consecuencias, aciertos o errores, que dicha individualidad podrían acarrearle. No sabía, ignoraba, en definitiva, decir no y eso supuso que su subsistencia fuera una realidad virtual construida por otros de la que él, solamente, fue un actor coincidente.

            Martino Borbón lo descubrió tarde. No tuvo oportunidad de reconducir ese famélico perfil descendente hacia un yo imperativo, dominante y exigente, en el cual poder ejercer la potestad unipersonal de su propia autoridad. Cual yincana social, se enfrentó, sin saberlo, a la exigencia máxima de autocontrol sin dar una respuesta adecuada y contundente a la oferta desmesurada, al abanico enorme de ofrecimientos que le fueron saliendo al paso y que, como garras con uñas afiladas de sortilegio y perfidia, le fueron atrayendo hacia el abismo miope de su debilidad. Todo comenzó sorpresivamente, como casi todas las cosas que luego terminan en fuegos artificiales, pasmos mayúsculos o el más castizo: ¿quién me mandó a mí?, con la realización un viaje a la ciudad de Madrid desde su pequeña ciudad de provincias con el fin de pasar un fin de semana y sin medir las consecuencias que podrían acarrearle una ciudad repleta de tentaciones y estímulos envueltos en el papel de plata de la persuasión más lasciva, excitante y carnal.

            Sin embargo, su desdicha no provino del mundo subterráneo de lo genital, Martino Borbón tenía ese aspecto arrinconado en el estante de la despensa al cual se relegan los alimentos consumidos esporádicamente, como si fueran una lata de conserva, sino de otro pecado capital: la gula. Una gula, claro está, adherida a su desafecto, a su atonía por decir no, a su repulsa a contrariar el deseo ajeno y anteponer éste al suyo propio. Por todo ello, con este menú degustación de alelos recesivos, su suerte estaba echada y la terrible tragedia que ocurrió después no fue sino el acto final de una fatalidad sobrevenida con su nacimiento. Martino Borbón ya está en Madrid. Martino Borbón está en Gran Vía. Martino Borbón está a punto de comenzar, sin saberlo, una carrera sin retorno hacía una voluptuosidad que, solamente, se paga con la muerte.

            En ese atardecer, en ese punto del tiempo en el que se confunden las sombras con lo real, Martino enfila esa calle que, saliendo de Gran Vía, desciende hacía la Puerta del Sol entre púberes tentaciones de aromas interraciales del comercio carnal: la calle Montera. Una vez allí, se encamina, una sugerencia del recepcionista del hotel en el que se hospeda, en dirección al barrio de Lavapiés, lugar de cancaneo y solaz de una parte importante del devenir más moderno y cultureta de la ciudad. Alcanza su propósito rápidamente y allí, en la cima de la calle del mismo nombre, en ese pedestal desde el cual descenderá de forma abrupta, se deja deslizar suavemente por esa senda repleta de atenciones hindúes en forma de curris y tandooris. Martino Borbón era religioso, católico concretamente, y conocía el Vía Crucis, esas etapas que llevan a su redentor desde su prendimiento hasta su crucifixión. Pues bien, a semejanza de su maestro, él también realizó su Vía Crucis particular, pero a diferencia de las etapas religiosas, sus catorce estaciones llevaban nombres como: Anarkoli, Shapla, Calcuta, Baishaki, Bombay Palace, Raja Mahal, Moharaj Real, Taj Mahal, Sonali, Delhi Darber, Dhaka, Safran, Preity Raj y Raj Puth, cuyos amables dueños le salían al paso de forma insistente para que pasara a su comedor con la promesa de degustar la comida original de aquel país.

Así, desprovisto de toda voluntad, no pudo decir no, no pudo esquivar los ofrecimientos con una amable sonrisa y seguir hacia adelante sino que fue entrando en cada uno de ellos como si su consentimiento anulara la ofensa de un posible rechazo. Entre Vindaloos, Phaal curry, Laal Mass, Piro Aloo y Masalas Dosa fue saliendo y entrando de cada una de sus catorce estaciones. Su consciencia iba menguando tras el final de cada etapa y así, en la cuarta y la quinta tuvo que ser ayudado por una mujer a secarse el sudor que ya le empapaba la camisa que llevaba y por un hombre que lo sostuvo cuando ya estaba a punto de caer. Por fin, exhausto, llegó a la Plaza que dibuja la calle en su final y se sentó en un banco. El calor ambiental apretaba y se conjugaba con el que iba prendiendo en su interior. Su mirada, perdida en algún lugar lejano de la memoria inconsciente, le presentaba coreografías y cantos llenos de colores y olores, de texturas de allende los mares, de sabores exóticos. Visiones que emanaban desde lo más profundo de su cerebro y, sobre todo, de su estómago. En esta tesitura estuvo como un hora, impertérrito, imperturbable, ajeno a cualquier cosa que no fuera el nuevo universo del que ya no podría salir.

En ese instante, sintió una punzada en el estómago y, rápidamente, se desabrochó la camisa. Observó como una luz iba creciendo en intensidad iluminando su cuerpo como se ilumina la oscuridad cuando crece la llama de una hoguera. Su cuerpo, agotado y exprimido, había entrado en combustión espontánea tras tanto curry y picantes varios amenazando su vida. Las llamas fueron creciendo en su interior hasta extenderse por todo su cuerpo y tras un pequeño fulgor, apenas una chispa, prendió del todo convirtiendo a Martino Borbón en una tea humana. Como si fuera el centro de un nuevo Big Bang hindú, expandió sobre toda la plaza los aromas y esencias de todo lo deglutido en su aventura gastronómica. La plaza se llenó de alegría y sus habitantes se pusieron a bailar y cantar extrañas melodías hipnóticas. Los edificios fueron recubiertos por un color entre amarillo y naranja proveniente del todo el curry comido, dando a las fachadas un encanto multicolor. Martino Borbón, ese ser sin voluntad propia, era, por fin, el causante del momento más mágico, extraordinario y sorprendente que se había vivido en aquel lugar en muchos año.

        Pero nada dura para siempre. Martíno Borbón, mejor dicho, sus ascuas, se fueron consumiendo y apagando hasta no quedar nada de él salvo un polvo amarillento en el lugar que él había ocupado. Desapareció físicamente pero no su memoria. Hoy, allí mismo, en el lugar de su asombroso óbito, luce una estatua en posición sedente con un plato de curry en la mano que cada cierto tiempo esparce aromas y perfumes hindúes por toda la plaza en su recuerdo y memoria.

jueves, 10 de mayo de 2018

LA NAFTALINA NUNCA SALE DE SU ARCÓN

               Sin duda, pensé en que no tendría que volver a verle tan pronto, doctor Felton. Una cierta ambigüedad existencial, mezcla de estabilidad y riesgo a partes iguales, pronunciaban un tramo menos consultivo y crecidamente libre, más propicio al autónomo conductismo original y su consecuente cuota de responsabilidad oportuna. Pero los últimos acontecimientos deben ser auscultados con la perspectiva adecuada para no caer en una deriva creciente e inquietante hacia un amplio abanico de violencia verbal, incluso, porqué no, física. Y eso es lo que me da miedo, doctor, ese impulso animal como respuesta al flagrante asedio, al premeditado bloqueo con el que la nomenclatura de este país pretende imposibilitar la ventilación de sus focos de podredumbre heredada.

            Sin duda conoce la sentencia. Un ejercicio de ingeniería legalísima basado en una compilación de normas cargada con la testosterona típica de sus escribas. El sistema ha hecho caso omiso al alud de protestas de una sociedad harta de ese lumpen judicial más preocupado en generar doctrina vacía, finita en sí misma, retroeyaculada y circulante, difícilmente concordante con el sentido común general, para evadir responsabilidades aferrándose al salvoconducto del imperio del la ley que ellos mismos se otorgaron. Como conoce, incluso las llamadas de atención de organismos internacionales han sido ignoradas por estos gurús del derecho, por estos charlatanes de feria leguleya, vendedores de un amparo legal basado en su supremacista concepto legal.

            Y, sin embargo, no es todo. La respuesta, como no podía ser menos, ha ido en consonancia con el carácter sectario de este cuerpo: en una nueva sentencia por violación se rebaja la pena al procesado porque iba borracho. Sí, no ponga esa cara, tan cierto es como que necesito tratamiento, cosa que, además, usted ya sabe. Por otra parte, el eco mediático que ha tenido el asunto que le he descrito en primer lugar, ha dado pie a que se intente modificar el caduco muestrario legal que le es de aplicación a este tipo de procesos, le confieso que mi confianza es nula, o casi, dado que quienes tienen que modificarlo son los mismo que han viajado con semejante argumentario a lo largo de estos años sin dar visos de estar a disgusto con él.

            Déjeme que le muestre un ejemplo: uno de los vocales de la comisión de codificación para la reforma de los delitos sexuales ha dimitido porque ve inadmisible que la reacción de la opinión pública lleve a reformas legales. Obvia, por tanto, que la soberanía reside, en teoría, en el pueblo y que cualquier ley debe tener la capacidad de poder incardinarse en el acerbo social sin que suponga rechazo y recelo. Es más, créame, que lo que viene a continuación debería tener respuesta en forma de cese de cualquier puesto que ocupe este sátrapa: la convocatoria de la comisión le recuerda al sano sentimiento del pueblo introducido en el Código Penal alemán en los años del nazismo. Como quien no quiere la cosa, ha asimilado el descontento popular ante unas leyes caducas con la legislación nazi, fascista y criminal. ¡Y nadie le ha partido la cara a este sujeto!

            Es este hedonismo, esta cultura de casta, esta vanidad clasista la que hace arder los cerebros, el mío también. Nada puede ser modificado, rehecho, ajustado, conceptualizado o actualizado en las cloacas judiciales si no es a instancias de su decreto y parido en sus entrañas más profundas, en sus reuniones intelectuales masturbatorias, en sus eyaculaciones protolegales. Cuando nada ha cambiado en años, ¿podemos esperar a que sean ellos los iniciadores de algo que les pone en entredicho por inacción? Eso sería como esperar a que los zares rusos hubieran abolido el sistema social de clases, que Hitler hubiera abolido el sistema supremacista racial o que la jerarquía eclesiástica católica decidiera seguir los pasos, por fin, de su fundador.

            No se prive, doctor, extienda recetas que el pastillero se ha quedado vacío. Ya sé que debo pensar en otras cosas, en reflexiones que me lleven a la paz y la tranquilidad de espíritu pero la cosa no amaina. El gran reidor lleva adelante su aquelarre bufonesco con el que somos humillados. Y eso, usted entenderá, me enerva.

jueves, 3 de mayo de 2018

CENTRIFUGADO EN PROGRAMA CORTO

              España es, para esta jauría de mafiosos, un puñetero Pazo de Meirás desfalcado a sus legítimos dueños por el tramposo procedimiento del abuso de poder. ¿O violación? Que lo decidan antes de que tome cartas en el asunto la Audiencia de Navarra.  Vomita la radio noticias sin cesar. Un hombre asesina a su pareja por el procedimiento de la maté porque era mía. Una manada de retrasados mentales apalea a una pareja gay por el procedimiento xenófobo de contranatura. Una chusma revienta una concentración por el procedimiento patriótico de una, grande y libre. El procedimiento, siempre el procedimiento como retrato de una sociedad lacrada, equivocada, marcada por la exacerbada presunción de verdad absoluta que impera en el pensamiento único del que participa.

            No hay nada como observar para comprender. Ya nada nos queda en los bolsillos y caemos en la cuenta de que fuimos tan gilipollas como para confiar en ellos. Él no, pero las consecuencias también las sufre. Sin embargo, ese alma de hijosdalgo tan incardinada en nuestro genoma de españoles erráticos nos empuja a errar de nuevo y aupar, según cuentan las encuestas, ese bodrio estadístico manipulable y manipulado casi siempre, a la nueva hornada de ultraliberales al acecho de nuestro último atisbo de dignidad. Y de nuestro último euro. Esa falsa humanidad de los que se dicen buenos, cantaba el poeta Sherpa. ¿Hasta qué punto de degradación moral hemos llegado que somos capaces de seguir con nuestras vidas, la mayoría de mierda, en lugar de voltear de un guantazo tanta miseria ética de una parte de la clase política y de esa parte de la sociedad que la mantiene en el poder?, se pregunta.

            Somos mediocres hasta para eso, concluye. Hemos pasado de la juventud democrática, celebradora y entusiasta, al ocaso más decrépito en tan solo cuarenta años. Como esos jóvenes que se niega a crecer para llegar, de pronto, a la madurez inhóspita del que creía que nunca llegaría y se encuentra con que no sabe manejarla. No pasa nada. Por el bullicio que llega a través las ventanas, la humanidad entera se vuelca en sus quehaceres cotidianos esperando el nuevo esperpento político o judicial que sustituya al, ya, viejo. La pastosa realidad se masca como un chicle eterno, sin sabor ya de tanto trasiego bucal. Oralidad felatoria hacia una forma de ejercer el poder del que no somos capaces de desprendernos. Hay que salir ya hacia el abismo existencial diario y enfrentarse a esa manada multidireccional, multidisciplinar, multitudinaria, ya que no son cinco solamente, que obstaculiza el criterio racional de supervivencia y que formaliza con su actitud el contrato de siervos que les han presentado y que han acatado con pasmosa rapidez.

            Peroran algunos intelectuales, inquietos y nerviosos, sobre la respuesta social acaecida en lo que no es más que la voz de alarma corporativa ante una posible sustitución de sus vaguedades-guía, de la que viven, por la acción directa. Dos mil años para obtener la conclusión de que quienes estaban en la caverna, la del mito, eran los intelectuales del futuro. Cabreado, piensa si lo mejor no sería meter en la lavadora una buena ostia y centrifugar al máximo.

jueves, 8 de febrero de 2018

LA CIUDAD DE LOS SALMONES

        No sé si será peligroso para mi integridad mental, usted dirá, pero a veces, ¡no!, siempre, veo salmones. Aquel niño de la película, algo repelente, por cierto, veía muertos, a veces. Yo, más prosaico y materialista, veo bancos de peces boquear el final de sus días nadando en las corrientes unidimensionales urbanas. Comprenderá que no me refiero a ese pez marino de la familia de los salmónidos sino a su vertiente humana, el paralelismo conductista sapiens que habita este centro paliativo que llamamos ciudad. Eso sí, no me confunda, sé de sobra que la similitud no es exacta en toda su extensión sino que permuta la procreación de nuevas generaciones en sus extremos opuestos, aunque con el mismo resultado. Al final, unos y otros terminamos acostados sobre el lecho de arena y piedras que nos dividirá definitivamente en los elementos fundamentales de la naturaleza. Aquellos, para ayudar a crear nueva vida con sus nutrientes y éstos…para acumular muerte. Así de egoísta es la religión.

            Nacidos en esos lechos acuosos de baldosa y adoquín, en sus partes altas, al abrigo de depredadores en sus pequeñas plazas, en los recovecos de los callejones más apartados pues solamente los más vanidosos y hedonistas osan originarse en los muestrarios públicos de las vías principales, pasan la infancia entre cantos y guijarros, entre las piedras y sillares de una anciana vida. Esa mirada inocente, también los peces ven, es incapaz de desentrañar, de discernir que el cristalino elemento que los cobija no es más que la falsa metáfora de un ocaso apenas descifrado. Que la lluvia, que la calle, es mas turbia de lo que parece a primera vista y no corre aguas abajo, sino que simula (¡qué tranquilo se vive aquí!, ¡esto es calidad de vida!), aparenta porvenir, finge futuro, miente vida. Así como nuestro amigo pisciforme lleva en su adn el viaje que se desencadenará a continuación, es la ciudad, su adn, quien proscribirá en el tiempo a sus retoños, los expulsará cuando estos sean capaces de percibir la miseria de sus costuras. Unos y otros se irán y, algunos, volverán pero, sinceramente, no con las mismas fuerzas.

            Regar vida en los extremos del paréntesis que es la realidad más inmediata, pertinaz, obstinada. Pasan los años y aquellos salmones expulsados de la matriz urbana en la que nacieron vuelven. Vuelven repitiendo los mismo mantras de siempre: ¡qué tranquilo se vive aquí!, ¡esto es calidad de vida! Pero vuelven resecos. Sus úteros y gónadas son solamente una metáfora física del antiguo esplendor reproductor del que hicieron gala. A diferencia del verdadero, que antes de la muerte regala vidas futuras, un nuevo ciclo vital de crecimiento y desarrollo, aquí solamente se dona ocaso y muerte. La rebeldía, la vitalidad quedaron atrás, si es que alguna vez fueron poseedores de ellas, atrapados en el cinismo ancestral del silencio. Solamente una porción de nacientes se queda atrapada en su tela de araña de causas y motivos y permanece. ¿Y qué será de esta ciudad cuando la disminución de ejemplares fértiles residentes sea tan acusada que la vuelta de su producto sea ínfima? Únicamente queda menguar pausadamente, con dignidad, asumiendo que otros ríos y corrientes prometen futuro para la vuelta sin que se interrumpa la eterna creación.

            Somos salmones varados al final del recorrido sin futuro que engendrar. Seguimos la corriente local en cualquier dirección sin llegar a ninguna meta. Materia prima para carroñeros foráneos que se nutren de fagocitar futuros ajenos para engordar el suyo. Hospital sin paritorio, geriátrico sin paliativos. A veces veo salmones, siempre veo salmones. Quizás yo ya lo sea.

miércoles, 31 de enero de 2018

ALLEGRO CON BRIO

              Le adelanto, como parte de este nuevo epistolario, que he añadido, como parte de la terapia existencial a la que con suma satisfacción me he incorporado, cierta consistencia deportiva, eso sí, ligera, llevadera, pero que me autodisciplina, me estructura parte del tiempo, que de otra forma, dedicaría a absurdos, a baladíes juegos mentales. Espero que esta iniciativa personal no suponga una cierta confrontación con el marcado acento académico de su atención médica, nada más lejos de mi intención, pero creo que suma más que resta esta voluntad atlética, si me permite el término, a mí estabilidad endocrina y neuronal. Bien es cierto que, dada mi naturaleza analítica, este nuevo quehacer me da la posibilidad de escrutar, de escudriñar, de examinar el comportamiento humano a mi paso, lo cual, es cierto, es la antítesis de lo buscado con dicha actividad. Supongo, M. Felton, que tendré que ir con cuidado sumo y ver hasta qué punto no supone un paso atrás en mi tratamiento.

            Esta nueva actividad deportiva, como le decía en el párrafo anterior, no es más que un caminar alegre, un paso “allegro con brío” que me permite dominar la tarea y ejercitar un poco el corazón. Es ese punto intermedio de la balanza que no implica sucumbir a ninguno de sus lados. No hay nada como conocer los límites personales para no fracasar, o intentar no fracasar, y no llegar a sucumbir ante metas tan altas que traigan consigo la pesadumbre y la sensación de derrota. Muchas veces es esta particular forma de comportamiento humano la que hace que nos sintamos vencidos sin reparar en lo obtuso del intento y, porque no, que sus consultas, estará de acuerdo conmigo en esto, estén llenas. Yo soy una prueba más que palpable de todo ello. Y como no aprendo, no he podido resistir la tentación, inocente creía yo, de analizar cierto comportamiento humano en relación con mis andanzas sobre el terreno. Le relato a continuación mis impresiones.

            En esas horas de camino he ido tomando conocimiento de ciertas actitudes que caminantes como yo realizan al ejecutar su tarea. Antes le tengo que indicar, sino no estaría completo el escenario, que por donde voy a caminar existen dos vías, a veces paralelas, a veces coexistiendo en un mismo vial físico, a la que una de ellas se le denomina carril bici. Así, a bote pronto, esta última estaría clara: está destinada a la circulación en bicicleta, sin embargo, esto no está tan claro, M. Felton, las cosas aquí no son como parecen. O a mí me lo parecen así. Si dividiéramos a las personas por el motor de su actividad, estas podrían ser clasificadas entre “andantes” y “ciclantes”, permítame las expresiones. Como dos especies de gigantes mitológicos, se cruzan y entrecruzan por los viales defendiendo el territorio arrebatado en el largo caminar o pedalear. Pues bien, he creído comprender que los ciclantes han perdido la batalla, o están a punto de hacerlo, o la perdieron desde los orígenes ante la persistencia del colectivo andante en invadir un espacio que, en principio y por denominación, no es para ellos.

            En esta sociedad, en donde nos hemos acostumbrado a aceptar que todo no es lo que parece ser, los unos y los otros, y referido a nuestro caso en particular, parecen desear ser el otro, y el otro desea ser aquel, y aquel… El andante, quizás por esa novedad que supone la construcción específica que se necesita realizar para un carril bici, desea ocupar ese espacio nuevo de circulación. Ese camino que brilla y que llama la atención como los cristales de baratija que brillan en el escaparate del colmado y que no nos resistimos a comprar. Podríamos decir que el andante querría convertirse en ciclante y abandonar las aceras tristes y aburridas que le son asignadas. Por otra parte, el ciclante desea convertirse en automóvil, son reiteradas las tensiones entre unos y otros por la ocupación de las carreteras. Así iríamos escalando en la pirámide de los deseos más profundos y el automóvil desearía convertirse en avión, algo que el propio progreso nos traerá antes que tarde, y el avión cohete, alguno ya visitó la estratosfera de forma experimental, y el cohete…Tomar posesión de algo para sí por abundamiento, por inundación, sobre todo en el primer caso sin considerar siquiera la mera circunstancia del saber estar y donde estar.

            Por otra parte, podría tratarse, simplemente, de una circunstancia más vital, de seguridad sociológica. Es esta una sociedad que acepta sin preguntas, sé muy bien por qué, recortes en materia de derechos civiles, consustanciales a la integridad como seres humanos, parte intrínseca de yo personal y el nosotros colectivo, a cambio de una seguridad que no es más que una mera intromisión en las vidas privadas, penalizar las conductas no admisibles por los poderes oligárquicos y, en definitiva, oprimir al otro, al que no piensa como es debido, y cercenar la libertad de expresión y del ser, que son los algoritmos sobre los que se sustenta la verdadera democracia. Por lo mismo, creo que ese ocupar el carril bici se sustenta en la seguridad que da saber en que lugar comienza y donde termina. Nunca se podrán perder, extraviarse, salirse del camino trazado por la mano que lo construyó. Esa seguridad, similar a la farsa policial del estado, les induce a invadir esa nueva vía más tangible, siendo ese hecho el síntoma claro de su ocaso como seres humanos libres. Han claudicado ante la barbarie represora y todos sus actos, hasta estos que le estoy relatando, son la expresión palpable de la enfermedad. Así, las aceras, esos caminos con cruces, desvíos, son  dejadas a su suerte por los movedizos y múltiples destinos que proponen, convirtiéndose en el símbolo tangible del abandono del carácter aventurero y experimentador del ser humano a cambio de metas ya previstas de antemano.
 
            No le entretengo más, M. Felton. Analice, si está en su mano, estas percepciones que le propongo, algo revelarán, aunque no sé si mi total desafectación social o el triunfo de la regularización mecánica de la sociedad. Usted dirá.

martes, 23 de enero de 2018

LA VERBORREA DISTOPICA DE UNA NECIA

             Querido M. Felton, o Doctor Felton, nunca le he preguntado cómo quiere que me dirija a usted, aunque creo que le es indiferente, nos es indiferente, ya que entre médico y paciente, entre nosotros dos, hay ya un halo de confianza mutua más allá de los estereotipos académicos. Creo que conoce nuestra historia, aunque sea de forma somera, y convendrá conmigo en que siempre hemos estado ocupados, quizás, demasiado ocupados. Siendo conquistados, conquistando, aliándonos con el vecino, pegándonos con el vecino, uniéndonos, desuniéndonos. Guerras, revueltas, asonadas, levantamientos, golpes de estado…, un listado completito de mugre política y militar al servicio de este país, de España. Sí, ya sé que ha habido periodos de estabilidad, pero sujetos a reinados absolutistas de índole teocrática, ¡ahí es nada!, o dictaduras de corte fascista. De paz y democracia, poco, muy poco, nada, ni siquiera ahora, en estos cuarenta años de la misma, que ha sido secuestrada. Por esto mismo, los calificativos más acordes con esta trifulca permanente en la que se ha desarrollado nuestra historia serían los de pendencieros, belicosos, camorristas, conflictivos, algo agrestes, o cualquier otro calificativo de esta índole. Pero parece ser que no es así, creo, querido amigo, que hemos cambiado nuestra atávica forma de expresión más secular por otra: la estulticia. ¡Nos hemos convertido en verdaderos bobos!

            No estoy divagando, créame, no vagabundeo por los recovecos del lenguaje para afirmar lo que digo. La teoría se me presenta cada vez más nítida, más diáfana en mi cerebro a la vista del momento presente en nuestra historia. Si todavía fuéramos como casi siempre fuimos, nuestro Parlamento sería una proyección de nosotros mismos al elegir a personajes cercanos a nuestro batallador proceder. Estaría, al menos, vivo, activo, dinámico, salvo que terminaran matándose, cosa bastante probable dado nuestro origen. Justificaría, en mayor o menor medida, lo que cuesta de nuestros impuestos su acomodo laboral. Una especie de gladiadores romanos, bien comidos y bebidos, a la espera de su salida a la arena. Buen combate, proposición de ley aceptada, decreto rechazado…y a contar cipreses. Pero, al contrario, nuestro Parlamento lo componen, en gran medida, muñecos y muñecas de plástico, figuritas baratas de porcelana, flojos de pantalón, aptos para lavadora, con la única misión conocida de perpetuarse en el poder que unos bobos, nosotros, le otorgamos, le seguimos otorgando y le otorgaremos en el futuro dada nuestra nueva condición mental. Bobos nosotros, bobos ellos: bobos al cuadrado.

            En concreto, por eso esta nueva misiva, este acudir de nuevo a esta consulta epistolar semanal, le quiero comentar el caso de una integrante de esa pléyade de estrafalarios unicornios de sí mismos. La misma que, en lugar de bajar a la arena y luchar, y ganar, y perder, y vivir, y morir, prefiere librar batallas menos sangrientas, más cándidas e infantiles, en el mundo virtual del candy crush. Eso sí, a aproximadamente 5.000 € al mes. Instalada en esa cúpula que los aísla del mundo real, ha vociferado al resto del mundo, o sea, a nosotros mismos, que el verdadero patriotismo sería morir a los 65 años, una vez terminada la vida laboral. No lo ha dicho así, en concreto, lo reconozco, pero cuando afirma que hay mucho jubilado en este país que está demasiado tiempo cobrando una pensión, ¡¿qué quiere que crea?! Vivir cotizando y morir sin tiempo para cobrar pensión: el sueño del capitalismo universal. La masturbatoria elegía de los mercados financieros. El orgasmo salvaje de la derecha oligarca. Orgía y bacanal regada con la sangre de los trabajadores convertida en el vino picado de la falta de cualquier ética.

            Reposemos el corazón y la mente, ya no está uno para barricadas oratorias. La sangre, a la vista del comportamiento obrero, deja de hervir en la venas, deja de bullir por su declarado onanismo electoral, su falta de visión de clase, su consentimiento no escrito hacia el falso paraguas de la verticalidad patronal. Ellos sabrán. O no. Pero en el caso que nos ocupa, del que le estoy contando toda esta perorata, ¿habrá caído en la cuenta la susodicha que ella, bueno, nosotros en realidad, estamos cotizando para su posible jubilación? Y en su caso es un agravante, dado que su activada parlamentaria en escasa o nula, salvo los juegos electrónicos, y, por tanto, un día en el pasivo jubilar sería la misma demasía de la que ella se queja en los demás. ¡Muramos todos, obreros del mundo unidos, para mayor gloria del patriotismo económico!


            En definitiva, ahora que ha saltado a la palestra la conveniencia o no de derogar la prisión permanente revisable, no será, es una teoría, por supuesto, que su cerebro fue condenado a la citada prisión permanente revisable al acceder a la política. O antes, cualquiera sabe. Yo, por mi parte, intentaré no morirme, y, aún a costa de que me llamen mal patriota, prefiero que “otra” cuadre las cuentas de la Seguridad Social. Un saludo M. Felton. No olvido el Diacepam.

lunes, 15 de enero de 2018

LA INTRASCENDENCIA CÓSMICA DE LOS COMINOS

                Otra vez. De nuevo otra ostia en la cara. Y así siempre. Nos vuelven a pisotear en la certeza de que no levantaremos la voz o, al menos, tendrán la convicción de que parte de ese rebaño de borregos castrados, uniformes votantes de un concepto democrático larvado en el oscuro océano represor, justificarán la medida juntando las filas de su barbarie manipuladora. Así ha sido siempre, M. Felton, y así será mientras esa grey amputada socialmente, que ha sido absorbida, engañada, como si le hubieran colocado una preferente especulativa en su entramado neuronal, no vislumbre definitivamente su verdadero lugar en el bastidor social de este país, de esta comunidad, de esta provincia…de esta ciudad. Quizás, cuando identifique a los verdaderos culpables, a los verdaderos trileros de sus consecuencias, dará un giro y exigirá.

            Créame cuando le digo que esta democracia formal, en la que pueden sobrevivir especímenes nefastos, prototipos experimentales de servilismo continuo y arquetipos de incapacidad para el mandato sin, es una pena, obsolescencia programada, es una puta mierda. Pero no una mierda corriente, sino una gran puta mierda. Manipulada, manoseada, corrompida, viciada y dañada continuamente en su devenir, nos hemos acostumbrado a tal grado de fetidez política que no somos capaces de distinguir entre el bien y el mal, dando por hecho que este mecanismo autómata, desnudo, descarnado, es la verdadera realidad. Nos dejamos engañar demasiadas veces y demasiado fácil dando pábulo a verdades a medias, a informaciones tergiversadas por los mamporreros de turno sin ser capaces por nosotros mismos de reflexionar, de razonar, de escapar de su lavado de cerebro, cayendo en la trampa de su puesta en escena. Una y otra vez, como retrasados mentales incapaces de decir no.

            Vivimos en un auto sacramental perpetuo. Usted ya conoce, por sus años vividos aquí y por mis misivas, como nos manejamos. Caudillismo secular, red de favores, oligarcas pueblerinos que impiden el progreso para no perder la posición. Es esta sordidez la que construye esta falsa realidad, la que hace creer a la población más proclive que su desarrollo depende de su magnanimidad. Les atiborran de préstamos, hipotecas, como si fueran pastillas para la tos, inoculándoles el virus de la clase media. Ya tienes coche, ya tienes casa, ya eres clase media…ya eres mío, patán. Tu cárcel es mi programa electoral, tu prisión es mi promesa, tu ejecución es mi éxito. Y, ¿qué hacer? ¿Desertar y pasarse al enemigo aceptando el matrix de su propuesta? ¿Rendirse para que de esta forma, por eso le digo, M. Felton, que esta democracia es una puta mierda regida por mierdas aún más grandes, nos llegue el bienestar o lo que nos pertenecería si esta máquina funcionara de forma objetiva? Como la Numancia sitiada por los romanos, aquí parece que el trato es el mismo. Socavar los cimientos, engañar a la población para que asuma dócilmente que la culpa la tiene su supuesta traición al votar su enemigo. Nos dejarán morir de hambre, no se asombre, para proclamar su triunfo. Un triunfo sobre la nada muerta pero que a ellos les basta. Saben reinar sobre los muertos.

            Tengo una baldosa vestida de azul… Sí ya sé, he cambiado la letra, pero princesa, baldosa, ruina, acaso, no es lo mismo, la misma canción de siempre en esta tierra absurda que todavía cree caminar hacia adelante, que todavía cree que si no camina hacia adelante la culpa no es de quienes les llevan engañando décadas sino de quienes les han quitado la venda de los ojos. Acepte, M. Felton, la sorna, la burla hacia los ciegos de razón, pero creo que, en esta caso, la venda tenía un 1,5% más de longitud. El mismo porcentaje que el año pasado y el mismo porcentaje de voluntad, de resistencia que manifestaremos, que opondremos en un futuro para colocar a esos profetas del ocaso en el aparcamiento de su insignificancia. 

jueves, 28 de diciembre de 2017

LA ASIMETRÍA DEL TIEMPO QUE HABITAMOS

        Dormir, trabajar, descansar. Desayunar, comer, cenar. Acciones yuxtapuestas o entrelazadas o tejidas sin descanso en un intento baldío de estabular el tiempo del que disponemos, de aprehenderlo en píldoras coercitivas de ingesta prescrita en intervalos de ocho horas. Posología humana que determina la dosis de espacio temporal a administrar para no enfermar, o recaer, en la certeza de su inasibilidad, de la inaprensibilidad de su condición. Acaso, mister Felton, le parezca exagerada mi exposición, pero creo que vivimos encadenados a un tiempo, mejor dicho, a una representación del tiempo que no es más que el traje a medida que nos hemos tejido para hacer más llevadero que ese mismo tiempo al que queremos, deseamos, necesitamos domesticar, es libre, elástico, dúctil. Todo lo contrario a nuestra rígida concepción del mismo.

            Permítame, si acaso, un ejemplo. Hemos dividido nuestro tiempo en anualidades repetitivas que van disminuyendo al paso de nuestro propio ocaso. Si proyectáramos este último hacia el futuro, ¿cuántos años nos quedarían? Hecha la cuenta, la propia condición de ser va restando tiempo, es inevitable, cada vez que ese intervalo se repite, implantando en nuestra conciencia la impresión de finitud de nuestra vida, la escasez temporal para realizar esas múltiples tareas que, en realidad, nunca haríamos aunque tuviéramos mil vidas más de regalo. Es esa construcción artificial del tiempo, como una colmena de celdas separadas que se expresan en sí mismas, segundos, minutos, horas, días, meses, años, décadas…la que hace que, siempre, sin excepción, tengamos la sensación de que el tiempo se nos escapa de las manos. Usted, como yo, sabe la cantidad de locuciones, sentencias o dichos que tratan el tema.

            Y creo, sinceramente, que es un mal, casi propio, de esta sociedad occidental, capitalista, consumista, en la que vivimos. Nuestro sistema productivo, basado en la producción sistemática y exponencial de bienes de consumo, ha encapsulado el tiempo de todos nosotros con el fin de que nuestra productividad sea la más adecuada para que el sistema no decaiga. Necesitar para producir, producir porque necesito, no es más que la ecuación del ritmo sobre la que se asientan nuestras vidas. Al necesitar, tengo que trabajar, tengo que producir y así, acepto las condiciones impuestas por los verdaderos dueños del tiempo, depositando en diversos paréntesis el tiempo general y haciéndolo finito en ellos. No sé si estará de acuerdo conmigo, míster Felton, pero creo que así morimos cada vez que uno de estos paréntesis termina, que morimos infinitas veces antes de la definitiva, que por esa razón no saboreamos nuestra vida de forma más o memos plena, porque nos la han robado, o la hemos entregado a cuenta, y nos la administran de forma artificiosa para que creamos que somos felices y dueños de ella.

            Contra esa concepción arquetípica del tiempo occidental le opongo esa otra que lo circunscribe al hecho natural de vivir como una continuidad en la que toda acción inscrita en ella no tiene más importancia que la que se desprende del efecto de la misma acción, no siendo más que un sumando más en la gestión de un tiempo lineal y único. Al nacer no comienza el tiempo, el tiempo ya viene comenzado de antemano, nos transporta en el pequeño relevo que realizamos y sigue una vez que entregamos el testigo. No se necesita producir más y más para vivir y, por tanto, no hace falta dividir el tiempo asignando partes de él en cada tarea, sino que es la tarea fundamental la que marca el tiempo que necesita. De esta forma, creo yo, el tiempo se hace, de alguna forma, infinito, largo, continuo, como cuando éramos niños, recuerde Míster Felton, y teníamos la sensación de eternidad, de que el tiempo nunca pasaba, que así continuaríamos para siempre. La niñez, se lo digo con total convencimiento, es esa parte de la vida que más se acerca a la ley natural antes de que nos compriman la vida en un almanaque del que solamente arrancamos hojas secas como si un perpetuo otoño se hubiera instalado en nuestras vidas.

            Es en lo natural, créame, donde la verdadera vida se expresa en total plenitud, el lugar en el cual seremos libres al fin, donde la ley obtiene su verdadera expresión humana. Adquiriendo el conocimiento de que la verdadera eternidad es ser conscientes de que no somos más que una parte de un tiempo único, nacido con el Big Bang, que se expande infinitamente y que, por lo tanto, no necesitamos medir y calcular. O hacerlo lo menos posible. Es simplemente vivir.

jueves, 21 de diciembre de 2017

EL CAMELLO TRAJO DEMASIADO DIACEPAM

           Le aseguro, doctor, que mi falta de empatía con este tiempo cíclico que nos anega todos los años no proviene, principalmente, de mi ateísmo confeso, que también, sino por esa efervescencia social humanitaria, aparentemente; solidaria, supuestamente; fraternal, teóricamente; que convierte al apostolado del amor universal a cualquier miembro de la raza humana, cristiana se entiende, incluso, créame, a aquellos hijos de puta reconocidos que, durante el resto del año, son capaces de pisarte el cuello, hundirte en la miseria, sin más remordimiento que el que emana de su asistencia semanal a los actos eucarísticos de su congregación. A fin de cuentas, y en esto estará de acuerdo conmigo, grandes personajes del hampa se persignaban con una mano mientras con la otra decretaban muertes de forma caprichosa. Siempre me he preguntado, no ponga esa cara, para donde miraría el cura de turno.

            Reflexiono, ya sé que usted no está de acuerdo con esta capacidad que me atribuyo de modo unilateral, que no es posible separar los estados mentales, cerebrales, de comportamiento, que rigen los actos de estos individuos durante el resto del año y que, por arte de magia, para mí no deja de ser magia esta representación ocasional del acerbo religioso occidental, se conviertan al buenismo, he leído que esta palabra ha sido aceptada por la R.A.E, aunque usted crea que me aíslo del mundo durante este trecho temporal, de forma tan parecida a la conversión del centurión de la Biblia. Una especie de halo místico se apodera de estos personajes y reparten sonrisas, saludos y deseos como viviendo por encima de sus posibilidades en ese estado extático que les posee.

Ya sé que cree que, en estos temas, soy un poco inflexible, pero quien es un cabrón es un cabrón, quien es un gilipollas es un gilipollas y que la mezquindad no revierte en amor por mucho belén, árbol o camellos que pongas. Bueno, quizás con camellos. ¡Eh!, no se ponga así, es una broma, ustedes los siquiatras andan escasos de humor. De hecho, lo que no me explico es porque no hay más homicidios, o suicidios, ese homicidio contra uno mismo, la respuesta más contundente y a la vez más hermosa del castigo autoinfringido, con el atronador mundo musical que nos violenta en forma de villancicos y canciones melosas para babeantes estados de pasmo navideño. Le digo que no puede ser bueno pasar tanto tiempo escuchando tanta sarta de incongruencias: peces que beben, aunque aquí creo que son sobre todos los gordos, ratones que roen calzoncillos y esa melodía azucarada en vena que nos llega del mundo anglosajón convirtiéndonos a todos en posibles diabéticos musicales. A veces, créame, según van pasando los días, me dan ganas de coger al panderetista de turno, arrebatarle el instrumento del diablo, acepto su sugerencia de que el instrumento no tiente la culpa y que, en todo caso, sería su tocador quien se mostraría atorrante, y estampanárselo en la cabeza a modo de lechugilla o gorguera cervantina.

Y puede, pero de esto que le voy a comentar hablaremos, quizás, más adelante, la culpa sea por esa manía que tiene la humanidad desarrollada de encapsular el tiempo en píldoras que se repiten cíclicamente. Nos acostumbramos a ser lo que el calendario marca, en realidad quien crea los calendarios que nos rigen y manipulan a su antojo, y, en este caso, nos comportamos, falsariamente, usted también, como personas de bien durante el periodo de tiempo que nos indican, sabiendo que el resto del año tenemos esa libertad controlada para ser unos perfectos cantamañanas. Singermorning en inglés, ya ve que progreso adecuadamente gracias esas clases de idiomas financiadas por el estado para personas especiales como yo y que solamente sirven para tenernos entretenidos y que no discurramos maldades. Esa es la verdadera razón de todo este teatro del absurdo, en ese caldo de polvorones y mantecadas en el que nos sumergen y nos sumergimos de forma descaradamente irracional.

           Ya veo que la consulta toca a su fin. No se preocupe por mi conducta social durante mi estancia aquí y en este tiempo de Natal. Mientras dure el jolgorio participaré con entusiasmo ejemplar en los actos programados por el centro. De hecho, espero con ansiedad, siempre bajo el control del diacepam, el belén viviente en el que seremos protagonistas los internos. Un grupo de locos, de desequilibrados, de trastornados que intentan representar un acto, lo acepto, muy importante para parte de la humanidad. Creo, sinceramente, que es la mejor y más grande metáfora de la excentricidad y la mentira en la que se mueve este asqueroso mundo.

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA MANADA

         Así, a primera vista, definirse como una manada no deja en buen lugar la posible contextualización humana que sobre sí mismos pudieran poseer todos aquellos que así se proclaman. Y la culpa, permítame que se lo aclare, no es del término en sí, sino de esa asimetría injusta con la cual proyectamos la singularidad humana hacia el resto del reino animal. Si me admite el inciso, luego vuelvo al hilo, siempre me ha resultado extraño el término “reino” para referirse a ese mundo del cual realmente procedemos y seguimos formando parte. Podríamos llamarle, por analogía, república, oligarquía, dictadura, o cualquier otra definición que, téngalo en cuenta, define más nuestra estructura social que las verdaderas relaciones que entre los animales se dan. Total, a ellos se la suda como definamos su escalafón social.

Somos nosotros, y nuestra soberbia sapiens, la que hace que tendamos a “antromorficar” lo ajeno. Sí, el verbo no existe, o eso creo, pero usted me entiende. Pero, a lo que íbamos, ¿manada? Una definición ya en desuso, le agradezco el matiz, explica la manada como una cuadrilla o pelotón de gente y, lo curioso del caso, es que si usted hace encaje de bolillos con este conjunto sustantivo, podríamos llegar al quid de la cuestión. Aunque así se presentaran, no tiene nada que ver con una manada de lobos, ni de leones, ni de tigres, ellos son nobles en su comportamiento en relación con su hábitat, sino, en tal caso, una manada de borregos, en el sentido más peyorativo de la palabra borrego. Tenga en cuenta que hay que completar el significado del término, pues de ello depende la calificación final. Pero, si consiente, le daré una explicación que a mí entender se antoja más certera: manada como simetría de pelotón de tarados mentales, como aquellos pelotones de fusilamiento de la guerra civil asesinado ideas, que ejecuta de forma planificada sus deseos aún en contra de los del contrario e incumpliendo todas las normas de legalidad y humanidad. Y, ahora, estaríamos hablando de una manada de asesinos. Sí, no ponga esa cara, asesinos del presente y del futuro del resto de nosotros.  

            Solamente una digresión más sobre el tema animal, no se impaciente: porque el lobo mata para comer, como el león o el tigre, ¿usted entiende como es posible que se les llame asesinos por ejercer un acto totalmente natural como es matar para comer? ¿Existe alevosía, ensañamiento? ¡No! ¡Hambre! Es una extrapolación maquiavélica que juzga y condena al animal de forma injusta. Y así, otra vez de forma antropomórfica, tachamos de asesino al lobo de Caperucita, por ejemplo, creando un imaginario colectivo sobre su figura que, ya ve usted, casi lo ha llevado a su desaparición. Como a otros muchos. Mientras, la raza humana crece de forma exponencial, sin medida, y, lo más terrible, es que de ella forman parte este tipo de sujetos. Totalmente prescindibles, desde un punto de vista académico, por supuesto. No se alarme.  

            Y, ¿cómo entiende usted el asunto del anonimato que, igualmente, sale a la palestra en todo este tipo de asuntos, siempre desde el punto de vista del acusado, faltaría más? Se exige una circunstancia que a priori no se cumple. Se da publicidad a una forma de actuación pública, por ejemplo, a través de las redes, formato vanidad, que, si el resultado no se ajusta a lo planificado, se niega al público. Y me resulta curiosa esta forma de entender la igualdad, más bien desigualdad, de procedimientos. Se invoca la seguridad, el posible ostracismo social de los sujetos en cuestión, bla, bla, bla. ¡Que no la fastidien! El carácter público de los actos a priori debe ser público a posteriori. Perdone el enfado que me surge de pronto, pero me es inaceptable asumir las distintas varas de medir que se aplica la humanidad según afecte a sus intereses. Incluso, le digo más, pues en algunas circunstancias el mejor anonimato no es la ocultación en sí misma, pues hacer surgir murmullos, rumores, malentendidos, sino aquel anonimato que, aunque público, está amparado por cualquier poder. ¿No lo entiende? Se lo aclaro: de nada sirve saber quién es el culpable, asesino o corrupto, si quien tiene que condenarlos está viciado, está manoseado, afectado de manipulación por quienes deberían ser neutrales, pero a los que, sin embargo, les puede afectar la condena, aunque sea de forma lateral o éticamente subsidiaria. Usted no es tonto y conoce, o debería intuir a lo que me refiero. Es ese anonimato público el que me produce más pavor, pues engendra en el que lo posee esa arrogancia, esa insolencia del que se sabe a salvo de cualquier delito.

            Pero, usted y yo deberíamos saber que esto tiene que finalizar de algún modo. Que desde que estamos en esta consulta ni usted ni yo cumplimos ninguno de los objetivos médicos que nos hemos propuestos. Lleva enseñándome manchurrones negros de formas difusas, aunque intuyo que para usted tienen algún sentido, durante todo este tiempo y yo, por mi parte, le aseguro que definir con una palabra esa geometría me parece castrante. En su lugar he ido exponiendo argumentos, algunos inconexos, lo sé, de forma que conociera mi universo existencial. No se ofenda, pero pretender que crea que unos borrones negros registran y explican mi concepto vital es como pretender estudiar para un test de orina: absurdo. Sin embargo, sobre esto, le propongo una última cuestión: ¿si yo, con las interpretaciones que le he dado, no me considero un loco, no sería más ajustado pensar que es usted, con el teorema del borrón e interpretación subsiguiente, el que está loco realmente? Porque ¿quién le presenta a usted estos lamparones y le diagnostica como a mí? ¿Nadie? Entonces hay que dar por supuesto que su concepción del mundo es la correcta y que, de natural condición, usted está cuerdo. Pues conjugue esta última reflexión: ¿quiénes hicieron los diagnósticos a todos aquellos que formaron parte de cualquier manada y les dieron aptos socialmente o laboralmente? No me responda ahora. En la próxima visita hablamos. 

jueves, 23 de noviembre de 2017

SENTIMIENTO BINARIO. PARTE II.

   Reniego con todas las consecuencias de la obligación, casi imperial, de ser lo que no soy. De tener que parecer lo que, por mucho que lo intente, no soy capaz de conseguir. Acepto sin complicaciones la ocasional predisposición, la realización esporádica del paradigma social que por nacimiento me toca vivir, pero no. Es un tópico al que, tristemente, nos hemos encargado de dotar de naturaleza, de exponer como condición intrínseca de nuestro paisanaje ante el resto del mundo. Pero creo que somos más, más que esa hueca categoría de alegría mediterránea sin fin, de cigarras de un sol elástico que ya se extiende por la mayoría del calendario. No, no quiero que me reconozcan donde vaya por esa condición, por incomodar exportando allí donde vamos nuestra vociferante procedencia. Una forma de apropiarse del cualquier escenario ajeno dando por sentado que allí donde fuéremos se debería cumplir nuestro decálogo existencial. Extrapolamos nuestros términos superponiéndolos a los otros con una ligereza limítrofe con la calamidad aumentando y certificando, dando carta de naturaleza ante los demás, de la exactitud de nuestro tipismo.

            Por otra parte, querido amigo, no soy contrario, como te he expuesto, a la algazara. Esa alma eslava, como nuestro común amigo define, debe salir al exterior de forma alterna entre periodos de tranquilidad pues, de lo contrario, estaríamos ciertamente muertos. Pero la forma es importante. Es una cuestión de sensibilidad, de un aliento profundo, amplio, pasional. De una liturgia donde todo es importante y no solamente practicar un hedonismo vacio, insustancial, carente de profundidad. Todo es un ritual, o debería serlo, y aquí, desgraciadamente, nos estancamos en la simpleza de lo obvio, de lo inmediato, convirtiendo la satisfacción de compartir el lúdico juego de la sociabilidad en papel mojado, en papel higiénico mojado, que no aporta más resultados que la inerte sensación de pérdida temporal posterior.

            De alguna forma, deberíamos reivindicar nuestra condición de heterónimos, versiones de nosotros mismos de igual valor al original puesto que no son más que la muestra palpable de nuestra diversidad emocional y racional. Y esa variedad nos prepararía para no refugiarnos en una grande y libre condición de ser, más propia de seres limitados, coartados, circunscritos a una reducción miserable de su condición humana. Aunque, lo reconozco, es fácil, a veces ineludible, huir hacia alguna de nuestras versiones buscando el refugio y el consuelo que la realidad nos avienta. Aferrarte a ese otro yo que habita en nuestro interior y externalizarlo. Vivir esa parte de tu vida que no aflora por la ubicación arbitraria del nacimiento y el aprendizaje social impuesto como condición de ser, de nacer. Un producto más de encasillamiento formal que únicamente sirve como identificación simple, y falsa, de nuestro yo ante los demás, pues nadie es igual a nadie aunque la simbología diga lo contrario, ni casan los mismo intereses, ni son iguales los procedimientos de comportamiento. Cualquier paraguas, como simbolismo identitario, no es más que un reduccionismo individual sustituido por una colectividad interesada. Y hay que decir no.

            Por eso, en estos momentos de zozobra, en donde la transformación de lo conocido hasta este momento provoca inquietud, es imperativo presentar la individualidad como escudo ante la masa amorfa, indefinida. Una imprecisión que puede arrastrarte hacia el abismo, a diluirte en el lodo del pensamiento único, irreflexivo, dejando a un lado la crítica  y la dialéctica como motor del pensamiento. Necesito alejarme del griterío ensordecedor que nos envuelve y bloquea, de las opiniones camufladas de conceptos, de los argumentos baldíos que no son más que nociones aprendidas de la propaganda partidista y dichas de memoria. Por eso, querido amigo, seré yo siendo otro, siendo otra perspectiva. Porque, a veces, es preciso desprenderse del ropaje cotidiano, unilateral, y aplicar nuestra multilateralidad como forma individual de enfrentamiento ante este caos tan uniforme en su concepción.

            Ya sabes, querido amigo, que no entiendo de fronteras, por eso mismo, daré un paso al lado y cruzaré la que tengo más cerca. Mi heterónimo vecino reclama mi presencia y creo que la propuesta es buena. Sinceramente creo que él es el original de mí mismo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

SENTIMIENTO BINARIO. PARTE I.

          Querido amigo, es imposible esconder las ganas que a veces me asaltan de desconectar, de desconectarme de esta circunstancia tan opresiva, tan demoledora, tan difícil de escuchar y entender, aunque la intensidad de su eco escale decibelios en función, es así de triste, de la razón que unos y otros creen poseer. Como si este estado del alma, perdona si me expreso con una palabra de índole religiosa, ya sé que ni tú ni yo somos creyentes, necesitara que se le desconectaran todos los mecanismos que lo mantienen con un halo de consciencia. Una razón o verdad la mayoría de las veces sicótica, bipolar, en mero trance de autodestrucción. Y te aseguro que no quiero participar. No participo ni quiero que me hagan partícipe de su desaforado desequilibrio emocional tan rayano a la locura.

            Es este sincretismo general en posicionarse en oposición a todo lo contrario lo que me agota. Esa idiosincrasia tan particularmente nuestra de convertir la convivencia en un desequilibrado ejercicio de imposición imperativa, en un ejercicio de trazo divisorio en cuarteles menguantes. Necesitamos altavoces para comunicarnos cuando, en realidad, estamos a escasos metros unos de otros. Y eso es así, tú lo sabes, desde que nos levantamos y comenzamos a enfrentarnos a nuestra simple cotidianeidad. En casa, en el trabajo, en el bar, en cualquier lugar somos capaces de emborronar cualquier atisbo sonoro legible implementando el ruido como transmisor de pensamientos. El resultado es una amalgama de frases inconexas, palabras que viajan en busca de un interlocutor que las ubique, fonemas no natos que permanecen ahorcados en las cuerdas vocales de su autor. Y odio este continuo enjambre, este roncón perpetuo e incesante de voces vociferantes sin mensaje, sin contenido, superflua exposición de una forma de ser y de estar tan añeja.

            Y ese temperamento, esa naturaleza tan ajena a mí, me aleja cada vez más de esta comunidad de la que ya, creo, no formo parte. De la que tú, creo, tampoco formas parte. Porque hemos hecho, mejor dicho, han hecho de aquella condición un distintivo autóctono, incorporando esa peculiaridad al ser y trasladándola al ejercicio de cualquier actividad, incluso la pública, con lo que, al final, hemos ido cayendo en la incomunicación más absoluta, en el posicionamiento más abyecto como es la creencia de que cada facción, cada individuo, está investido de un aura de autenticidad que queda muy lejos de la realidad más pragmática. No somos más que piezas tratando de somatizar un contexto que no entendemos pero que creemos entender para así, de esta forma, apaciguar, aunque sea por un momento, nuestro propio destierro.

            A veces me pregunto si esta forma de pensar que te expongo es incompatible con ser muy o mucho. Ya te contesto: totalmente. Te lo digo, porque ya conocerás que, ahora, para ser reconocible como persona aceptable socialmente en este país debes cumplir con ese arquetipo. Y a mí, ya me conoces, me produce cierto repelús, cierta urticaria esos dos vocablos que denotan exageración, exceso, desproporción, deformidad, y, esto es lo peligroso, cierto tufo a autobombo interesado. Puede ser que nuestra historia, jalonada de conquistas, reconquistas, auto-conquistas y des-conquistas nos haya conferido una peligrosa inclinación a dotar cualquier acto u acción en nuestras vidas de un matiz exacerbado, con tendencia a la furia y la exasperación. Y ese es un mundo demasiado sórdido para mí, para mi forma de ver la vida, de vivirla, e, incluso, de morirla. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

DIALOGO FICTICIO ENTRE LÍNEAS DE MOEBIUS

            Allí, en aquel despacho fuera de las sedes oficiales, a salvo de los ojos escrutadores de una sociedad crítica, los dos hombres tejían su futuro entre los claroscuros de una causa a la que habían ayudado a prostituir. Sus ansias, sus ambiciones desbocadas habían hecho descarrilar ese tren al que dieron salida sin que todos los cruces estuvieran orientados convenientemente al destino final. La realidad, obtusa y terca lo había empotrado, como si fuera una ecuación matemática, en una realidad paralela, fantasma, por la que circulaba ese espectro en un bucle sin fin. Y ellos, como el protagonista de Moebius, el matemático Pratt, se habían subido a ese tren sin destino, aparentemente, final. O, por lo menos, incierto.

C.P.- Si te digo la verdad, O.J., me da un cierto vértigo todo este proceso en el que nos hemos embarcado. Creo que hubiera sido mejor ir de frente aunque esa tesitura nos hubiera partido la cara. Al final, presentar ante la opinión pública un escenario falso, tras el cual todos salvemos el culo, con lo que tiene de estresante, va a significar nuestra tumba de una forma u otra.
            O.J.- A veces, créeme, también lo pienso yo. Entrar al trapo de las elucubraciones de J.M. con el fin de distorsionar la realidad que los ciudadanos estaban asimilando de forma natural y extremar las posiciones para no perder la ascendencia ante los propios correligionarios está siendo una tarea demasiado ardua. Pero piensa que aceptamos las condiciones con tal de llegar al fin que nos tenemos propuesto. Aunque esperemos que nadie nunca sepa este juego sucio en el que todos nos estamos enfangando.

            C.P.- Y lo acepto. A veces la política es una especie de montaña rusa, siempre subiendo y bajando. Nos presentamos como salvadores de algo que no está muy definido y al día siguiente nos retractamos y damos marcha en un juego maquiavélico que no puedes exponer, sacar a la luz. El ciudadano, harto de tanta indefinición y dudas, nos arroja a los perros por no seguir el camino que, a ellos, les fuimos marcando. Héroes un día y traidores otro. Y de alguna forma nos lo tenemos merecido.

            O.J.- Pero el sistema siempre ha sido así. Engañamos y falsificamos la realidad para que el ciudadano, el elector, crea que todo va bien, que el progreso encarrilará sus tristes vidas, sus vidas de mierda, hacia una etapa mejor. Y ellos lo creen. O necesitan creerlo. Y ese ha sido nuestro mayor triunfo, no el nuestro en particular, sino el de la clase política en general, a la que pertenecemos tú y yo, el que se hayan trepanado a lo largo de los años esos cerebros infantiles y poco acostumbrados a la libertad de la población haciéndoles un masivo lavado de cerebro, supuestamente democrático, para que, aunque nunca cumplamos con nuestras promesas, sigan aceptando nuestra forma de hacer, que es como decir: de mentir. Estoy de acuerdo con que apesta, pero a nosotros nos va bien así. Y a los demás, no te olvides. Cualquier opción con ansias de llegar al poder juega en este terreno.

            C.P.- Pero, insisto, hubiera sido más honesto ir de frente por una vez, creo que el motivo lo merecía. Arriesgarnos y, aunque el camino fuera más largo y pedregoso, articular una verdad limpia. Tardaríamos unos años pero sería definitivo. Las cartas hubieran estado siempre sobre la mesa y todo el mundo hubiera sido espectador y jugador de su propio destino. Ahora, creo que nos hemos aliado con Satanás, hemos hecho un pacto del cual el resultado no es ocultado, aunque creamos en lo contrario, y puede que sea el opuesto al que deseamos. No es bueno bajar a los infiernos.

            En ese momento, interrumpiendo la conversación, sonó el teléfono en la oscuridad. Su sonido, casi de ultratumba, hizo que sus cuerpos se removieran como si la Fata Morgana estuviera al otro lado del auricular, como si un nuevo contratiempo les fuera a ser comunicado por Belcebú provocando otra pirueta mortal ante la opinión pública. Un nuevo giro de los acontecimientos que la ética ya no podría soportar, la de los demás, se entiende. La suya había caducado

            J.M.- Buenas tardes. Parece ser que todo va según lo previsto. Solamente hay que aguantar un poco más. La polaridad cognitiva que hemos creado en torno a la causa hará que solamente pervivan dos opciones, enfrentadas, no dando lugar a que se cree un tercer frente, el que piensa, el que reflexiona, y nos joda el invento. M.R. está muy contento. O eso creo. Considero que no sabe muy bien lo que está pasando pero es un monigote muy fácil de manejar. Hará su papel a la perfección sin importarle las consecuencias. Seguiremos como hasta ahora, cada uno enrocado en sus posiciones y dejando correr el tiempo hasta que la gente se congele. Luego retomaremos el asunto.

            C.P.- ¿Pero P.S. no girará al final, dado su talante veleidoso y se alineará con ese posible tercer frente? De las conversaciones mantenidas a más “bajas instancias” solamente se le ha comunicado una parte. Puede que termine descubriendo que es una mera comparsa y pase a una acción mucho más directa aliándose con el resto y, entonces, nos quedemos a medio camino y sin ningún objetivo conseguido. Además está ese irreductible abanderado al que sería necesario tener controlado. De momento está respondiendo, pero es como una traca de feria: puede explotar en cualquier momento.

            J.M.- Creedme, no habrá problemas. Todo está bien atado. A lo largo de los años hemos comprobado como el imaginario colectivo se mueve a través de pocos resortes. El que estamos utilizando es uno de los más poderosos y nos servirá tanto a nosotros como a vosotros. Entiendo vuestra posición, delicada, pero si queremos que esto, al final, nos sirva como laureles en los territorios resultantes, deberemos sacrificarnos. Un sacrificio con cava y ostras, pero sacrificio. Si lo realizamos bien, la pinza resultante arrasará por completo cualquier otra opción. Este es un pueblo con un ADN mutado, se ha ido modificando a los largo de tantos siglos de dictaduras, capitanes, reyes, juntas, etc, que, por mucha democracia que les des sobre el papel, no saben qué hacer con ella. Esa es nuestra ventaja. Podríamos perpetrar el mayor delito el día antes de las elecciones y nos votarían igual. Son de recibir órdenes, no de ideas. Y nos aprovecharemos. Cada uno en su sitio y con su papel. Estoy seguro que conseguiremos el éxito.

            Termina la conversación y en aquel despacho reina el silencio solamente matizado por el ruido ambiente del exterior. Por fin, uno de los interlocutores se atreve a hablar.

            C.P.- Si esta comunicación era para que estuviéramos más tranquilos, no lo ha conseguido. Por lo menos en mi caso. Puede que la maquinaria puesta en marcha haga que el porcentaje que nos falta para la mayoría se alcance. Pero no sabemos el porcentaje exacto ni el tiempo que llevará. Lo mismo que ese porcentaje crece puede crecer el número de ciudadanos que comiencen a pensar, a reflexionar sobre todo este aquelarre y se distancien. Nuestra maniobra puede provocar el nacimiento de movimiento que indague sobre el futuro que les espera y se dé cuenta de que no somos de fiar, que se pregunten: ¿si han sido capaces de hacer esto, dudarán en hacerlo cuando sean sus puestos los que estén en juego? Aparte, claro está, de que nunca sabremos si ellos están tratando de incrementar, en secreto, el número de sus adeptos dentro de nuestra área de influencia y, cuando nos demos cuenta y nos dejen ejercer lo pactado, seamos, en realidad, minoría. ¿Nos dejarán, en definitiva, ejercer lo pactado?

            Tuvieron razón en todo.